El encuentro con mi padre
vida 8 de August del 2010
transcribo entrada original escrita en Octubre 2004:
Pipo, el taxista que me llevaba al encuentro se crió con su padre adoptivo, sus dos hijos, ahora de 29 y 27 años, tras ver a su abuelo de sangre, a la edad de 6 años, se voltearon y le dijeron a Juan: ¿Este no es el abuelito, papá? Pipo conoció a su padre con 16 años, su necesidad se justificaba por la preocupación que tenía, en plena ebullición de sus instintos, en no topar accidentalmente con su hermana… “Ni se imagina jefe las muchas veces que eso pasa”.
La invasión americana ha sido una tragedia, las bases vacías, en remate por parte del estado presentan una imagen fantasma, los clubes y prostibulos frente a las salidas de la base están semiderruidos, de hecho en Panamá se celebra la independencia 2 veces, una en Noviembre y otra en Diciembre tras la marcha de los americanos.
Pipo me pregunto, “¿Para qué tu vas al Rey de VistaAlegre?. Está muy lejos from here…” Me espetó. Sin prestar mucha atención y como el que dice cualquier dirección le contesté: “Si te lo digo no te lo crees…, a conocer a mi padre”. Sin mediar palabra Pipo se bajó a preguntar la manera exacta de llegar a VistaAlegre. Al volver al taxi me confiesa de manera complice: “No puedo fallar en esta entrega”.
El trayecto transcurrio con una mezcla de reflexión y distracción, Pipo resonaba de fondo, amablemente, con la historia de la ciudad, los lugares para visitar, el espectáculo de subir barcos a más de 26 metros sobre el nivel del mar, para cruzar el canal, y la tragedia nacional del desmantelamiento de las bases, la crisis que eso motivó incluso en su propia vida, ya que trabajaba como gerente de casino antes de que cerrara.
La parte reflexiva viene de la recapitulación de momentos, de emoción de niño, de sentirte diferente a cada paso que das, diferente por ser moreno, diferente por tener gafas, diferente por jugar al fútbol con la izquierda, diferente por ser extranjero (que te llamen sudaca se que queda dentro), diferente por estudiar y ser responsable, diferente porque tu padre nunca te vino a buscar al colegio, nunca vió los goles que marcabas en La Chopera. Ahora sería igual a todos, tendría padre y sería bueno. Bueno para mí, bueno para él, bueno para todos.
Complementaba mi autoconsciencia con el repaso a momentos importantes, mi primer beso con Begoña en el colegio Francisco de Quevedo, la primera vez que robé en el Alcampo de Moratalaz, la primera vez que copié en el colegio, mi viaje en autobús con Ana, para ver las edades del hombre, lo pasamos enroscados eternamente, mi primer gol en la Chopera, mi primer 10 en Física… Afortunadamente o no, desde pequeño me acostumbré a vivir mis momentos, de manera íntima y personal, de manera privada, rumiando mi satisfacción o desencantos. Quizás, como decía Paula, mi abuelo sigue presente, quizás sea él con el que he hablado de todo esto antes.
Mientras, fuera llovía, fomentaba la melancolía las luces de la bahia y el lento caminar de los autos por la autopista.
La carretera estaba oscura, se me hizo largo el viaje, un poco más de 30 años, pero llegamos, llegamos al famoso Rey de VistaAlegre. Centro comercial en medio de la nada, con puestos de comida al borde de la carretera, y seguia lloviendo. Pipo, que había callado hace rato, acertado, me dijo que me esperaría, para llevarme de vuelta a la civilización, a mi transito incompleto. Así lo hicimos, aparcó el carro en el aparcamiento y me acerqué a la entrada del Rey.
De la gente que había e la puerta, inmediatamente clavé mi mirada en un señor mayor, de pelo canoso, de pie junto a una cabina telefonica. “Don Patricio” le dije, su expresión, mezcla de sorpresa y admiración, me contestó “Rodrigo, eres igual que mi sobrino, el hijo de mi hermano, el que desapareció en la dictadura”. Un buen abrazo relajó el ambiente y nos permitió caminar sin rumbo fuera del centro. Acabamos en un Burger, presente en los mejores momentos, tomando un jugo de naranja y una Cola. Nos pusimos al día, dificil detallar la conversación, saltabamos desde mi vida actual a la pasada, a su divorcio, a sus hijos, a los mios, a su operación de cataratas hasta llegar a Grecia. Los Kasanevakis heredan la altura de los turcos, mi bisabuelo medía 1.96 metros, con cierta apariencia otomana, rubios de ojos azules. Yo también estuve allí, cerca de Salonica, así cuando me tumbaba en las ruinas me sentía como en casa…
“Patricio, se te ve feliz”, le dije. “Pucha, no sabes lo que es esto para mí, no sabía como ibas a reaccionar, es tremendamente fácil”. Mi llamada, tres semanas antes, le intranquilizó más que el nacimiento de su último hijo, Patricio, de 20 días. Le expliqué como dí con él, como hablé a mi hermana y como buscamos sin éxito en la calle de los garajes donde un capitán de la Dina se quedó con su negocio. Salió de Chile en el 79, un amigo familiar le avisó que o se iba o desaparecía, al día siguiente estaba en el aeropuerto para salir a Panamá. Su hermano desapareció 4 meses después. Pasamos brevemente por los detalles más relevantes de cada una de nuestras vidas y humildemente me ofreció visitar su casa, su nueva realidad. Me reconocía que desde hace 5 años, está tranquilo, se ha asentado… Con mi ironía particular, no pude remediar contestarle que solo le había costado 58 años…
Le enseñé las fotos de Alvaro y Adrian, le hablé de Olga y del amor que siento hacia ella, le conté lo bien que esta mi madre, su María de los Angeles, y lo que les debo a mis tios. A pesar de las cataratas, su mirada es brillante, transmite ilusión y actividad, ganas de seguir.
Salimos a buscar a Pipo, quien al entrar me miró con complicidad. Volvimos a la Panamericana, la antigua, y a dos minutos encontramos una salida oscura para llegar a la casita naranja, “es más bonita a la luz del día”. Las lluvias causaron estragos en el jardín, casi desaparezco en un charco a la entrada… Caminamos casi a oscuras hasta llegar a la entrada. La entrada, una sala diafana, con una bombilla en el techo, suelo de cemento, televisor del año 60 sobre una silla de mimbre desvencijada a la derecha, dos sillas de playa con una mesa junto a la entrada de la cocina. Mira esta es una prima de mi chica, nos presentamos. En Panamá, a las mujeres no se las besa, ni con uno… No es costumbre. Continuó enseñandome su casa, del salón-entrada pasamos a un largo pasillo con dos habitaciones a ambos lados, sin puertas y con colchones en el suelo, un baño al final a la derecha y la habitación de matrimonio, allá estaban los dos hermanitos, Patricia de 3, Manuel de casi 2 y en los brazos de su madre, el pequeño Patricio. Saludé a los pequeños y a su madre, me sorprendió ella, si mirada serena y cariñosa.
Nos sentamos en las tres sillas desvencijadas del salón, de nuevo volvía a llover fuera. Patricia no paraba de llorar, estaba algo celosa, decía que su papá llegó muy tarde hoy… si yo te contará lo tarde que llegó para mi pequeña…
Mientras Patricia lloraba, le lanzaba la pelota a Manuel y hablabamos, la prima preparaba un poco de café. Me contaba ella el susto que se pegó cuando llamé, él me contaba que cuando algo le da, se calla hasta que lo asimila, no dice nada. Ella se preocupó al pensar que había muerto alguién, el no dejaba de repetir, la vida da michas vueltas. “Esto es un regalo hijo, a mi edad es un regalo”. Al rato, tras un pequeño silencio me preguntó: “¿Estás más tranquilo?”. Debí poner cara de no entender nada… al segundo me dice… sonriendo, “El que estaba nerrvioso era yo. Todo esto ha sido mucho más facil de lo que imaginaba”…
Para mi también, no esperaba nada, le conté que confio mucho en la vida, te da lo que necesitas en cada momento, que no había necesitado de él, que había crecido fuerte y responsable, estudioso y trabajador y que el nacimento de Adrian me hizo pensar en que había llegado el momento, ver como Adrián salía de Olga y trepaba sobre su pecho despertó en mi esa curiosidad de cerrar capítulo. Alguna que otra anecdota, me habló de Claudia, de sus locuras, de su divorcio, de lo capullos que son sus dos hijos medianos y de lo seria que era mi madre cuando salían juntos.
Salimos fuera, me acompañó, me pidió 20 dolares que mañana me devolvería, “toma 40, no te preocupes”. Mañana tengo que vender una máquina en el puerto, nos veremos a partir de las 10:30. Creo que le daré 300 dolares para su operación de cataratas. Regresamos, Pipo me habla del casino, de los chinos, de sus 30 años de matrimonio, de su padre… yo sigo pensando en el mio…







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